En el 2025 me lancé a viajar y viví como nómada digital durante diez meses. Visité cinco países de Latinoamérica, sola, y fue una de las experiencias más transformadoras de mi vida. En mi última aventura, en Panamá, cuidé a dos gaticas mientras sus dueños estaban de viaje. Viví un mes entero en una casa grande, solo en compañía de ellas, y ahí empecé a sentir algo que nunca imaginé: el cansancio profundo que también trae el nomadismo.
Estaba agotada de moverme cada tanto, de dormir en camas distintas, de compartir habitación con desconocidos, de cargar una maleta con todas mis pertenencias y de planear constantemente cada detalle—desde dónde dormir, hasta dónde encontrar comida vegetariana. Extrañaba mi vida anterior. Extrañaba tener mi cama, mi baño, mi cocina, un clóset… un espacio que fuera completamente mío. Y, sobre todo, extrañaba vivir con mi gata.
Fue ahí cuando decidí volver. Entre todas las opciones posibles para establecerme, Cali fue la única que tuvo sentido. Quería estar cerca de mi familia, de mi red de apoyo. Estar presente en la vejez de mi abuela, en la adolescencia de mi hermano y seguir siendo la mano derecha de mi mamá.
Encontré el apartamento con el que tanto soñé, con vista a las montañas colombianas. Volví a mi rutina, a mis hábitos, a mi calma. Volví a vivir con mi compañera peluda. Volví a sentir la emoción de construir un hogar desde cero. Y sí, sigo siendo nómada. Sigo teniendo la libertad de moverme y trabajar desde cualquier lugar. Pero, como muchos nómadas, decidí tener una base: un lugar al que regresar después de cada viaje.
Ahora mi prioridad es mi casa. Me siento como una señora feliz paseando por IKEA, disfrutando esta nueva etapa que se siente tan mía. Y es justamente desde esta calma que nace este blog. Nace este proyecto. Nace el deseo de escribir porque me gusta y me divierte, porque quiero demostrarme que soy capaz de crear algo con constancia.
¿Me acompañas en este nuevo capítulo?








Deja un comentario