Mi primera experiencia haciendo housesitting (y lo que nadie te cuenta)

Conocí el housesitting gracias a una pareja que seguía en Instagram. Llevan más de cuatro años viajando así por todo el mundo y muestran paisajes increíbles, las mascotas que cuidan y las casas espectaculares donde viven temporalmente. Obviamente… me antojé.

En ese momento yo vivía como nómada. No tenía muchas cosas, pero tampoco tenía claro a dónde ir. Así que abrí la app de TrustedHousesitters, creé mi perfil y empecé a aplicar a casas cerca de Colombia, porque no tenía la energía (ni emocional ni física) para irme muy lejos.

Y así apareció una oportunidad en Panamá, en Bejuco, a una hora de la ciudad.

Cuando llegué, los tutores de las dos gaticas que iba a cuidar me recogieron, me entregaron las llaves de la camioneta y me dijeron: “Ahora tú manejas hasta la casa”.

Al llegar, me explicaron que por dos días ellos se quedarían en la casa de huéspedes y yo estaría sola en la casa principal con las gatas, para que ellas se adaptaran a mí. Después, se irían de viaje.

Terminé pasando un mes sola en una casa gigante, completamente aislada de la sociedad. La casa quedaba en las montañas, en una zona residencial muy exclusiva, donde entendí que viven muchos extranjeros ya retirados y con mucho dinero. Un mundo totalmente distinto al mío.

Para mí, esta experiencia fue casi como un retiro espiritual.

Mis días eran silenciosos y tranquilos. Cuidaba a las gatas, cocinaba, trabajaba, salía a caminar y veía series. Eso era todo. No había afán, no había prisa, no había que empacar cada dos semanas.

Por primera vez en muchos meses, tenía una rutina. Estabilidad. Calma.

Y fue ahí donde extrañé mi vida anterior.

Esa vida “ordinaria” donde tienes un hogar, un lugar fijo, donde los días se parecen entre sí. Esa vida que muchas veces damos por sentada… hasta que no la tenemos.

Lo que casi no se muestra en redes sociales es la parte menos divertida del housesitting: la limpieza. Dejar la casa exactamente como la recibiste. Me esmeré muchísimo, pero era una casa enorme, así que me tomó bastante tiempo. Aun así, me sentí satisfecha.

Cuando los dueños regresaron de su viaje, se quedaron esa noche en la casa de huéspedes y me preguntaron a qué hora estaría lista para irme al día siguiente.

Pensando en los check-outs típicos de Airbnb (entre 10 y 12), les propuse algo así. La señora me respondió que no, que tenía que irme a las 8 de la mañana. Que necesitaban la casa lista y que, básicamente, me estaban pidiendo que me fuera a esa hora.

Después de viajar y conocer distintas culturas, llegué a una conclusión: los colombianos solemos ser muy amables. Si tenemos que decir algo que puede incomodar, intentamos hacerlo de la forma más suave posible.

Pero hay personas que son simplemente directas. Dicen las cosas tal cual son, y es tu trabajo no tomártelo personal.

Eso fue lo que hice.

Pensé: “Ay señora, bueno, me voy a las 7 a.m., no se preocupe”.

Lo curioso es que a la mañana siguiente, la misma señora me miró, me abrazó y me entregó unos alfajores que me había traído de su viaje a Argentina.

Y fue en ese viaje a Panamá donde tomé una decisión importante:

volver a Colombia, volver a radicarme, volver a tener un hogar, volver a vivir con mi gata…

volver a mí.

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