Cada que viajaba y me encontraba con desconocidos con los que cruzaba palabra en alguna tienda, en algún hostal, en un bus, un Uber o con un guía, me preguntaban: ¿Y no te da miedo viajar sola?
Yo me preguntaba: ¿Debería tener miedo? Porque la verdad, no lo sentía. Lo que sentía era la tranquilidad de que todo iba a salir bien. Me encomendaba a los ángeles, a la Pachamama, al universo y a todo aquello poder espiritual para que me protegiera y guiara mi camino. Ese mindset y esa seguridad que te da el mantra: “Si Dios está conmigo, ¿quién contra mí?” (Romanos 8:31).
Y sinceramente, me sentía un poco aventajada. El hecho de haber vivido en Colombia durante 30 años me preparó para ser astuta, para “no dar papaya”, para estar alerta en las calles, mirar constantemente quién está a mi alrededor, observar el espacio, detallar a las personas, aprender a leerlas y alejarme de quienes me dan mala vibra. En fin, esa malicia indígena que llaman.
El único susto que pasé fue en Bolivia. Estaba en un Airbnb, una casa colonial muy amplia y linda. Yo me estaba quedando en una habitación y al lado se estaba quedando un chico. Una noche, el chico —que también viajaba solo— me dijo que si salíamos a comer una pizza, y todo estuvo bien. A la siguiente noche me dijo que si salíamos a tomar algo y le dije que no, que estaba cansada y me iba a dormir temprano.
En la madrugada tocaron mi puerta y, claro, me asusté. ¿Quién podría ser a esta hora? ¿Será que abro? ¿Será que pasó algo? Abrí la puerta y me encontré con este chico, oliendo a alcohol y con la mirada perdida. Le costaba mantener el equilibrio y parecía que se había quedado sin palabras. Lo miré y, al notar que no me decía nada, le pregunté: ¿qué pasó?
En medio de su trabalenguas me dijo que había salido a un bar, conoció a unos chicos y los invitó a su habitación; entonces, como no cabían todos en su cama, quería saber si había posibilidad de dormir conmigo. Ahora la que estaba sin palabras era yo. Cuánto descaro. Le dije: NO. Y le cerré la puerta con seguro, obvio.
Estaba confundida y desconcertada. Al siguiente día, yo estaba trabajando con mi computador en el coworking y él, con su maleta en la espalda listo para irse, se acercó y casi llorando se disculpó. Me confesó que tenía problemas con el alcohol, que yo era una gran persona y no merecía haber pasado por eso. Yo solo le dije: Ok. Y me dijo: Ok.
Esa es la única situación en la que puedo pensar que, en 10 meses, haya pasado un susto. Porque realmente conocí hombres maravillosos. Descubrí que los hombres pueden ser excelentes roomies y casi siempre me quedé en habitaciones mixtas. Conocí chicos súper respetuosos y amables.
Al final, creo que es una combinación entre tener fe en que todo saldrá bien, la astucia para autocuidarte y la apertura de saber que hay buenas personas en este mundo y que yo me las voy a encontrar en mi camino.
Espero que esta historia te dé un poquito de tranquilidad si quieres viajar sola y te da miedo. Sé que como mujeres nos enfrentamos a situaciones de vulnerabilidad y que cosas terribles podrían pasarnos. Pero esas tragedias también podrían pasar en nuestra ciudad, e incluso con las personas más cercanas a nosotras.
Así que espero que no te limites por este miedo, porque la única manera de vivirlo es experimentándolo.
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